“¡No! Caí en el Hospital Central de Mendoza”: conociendo al elefante gris

No sólo el vino es motivo de orgullo en esta provincia.

En primer término es necesario aclarar que este es un artículo de opinión y en primera persona. Si alguien tiene una opinión o experiencia diferente al respecto de lo que voy a contar a continuación, que así sea. Solo aprovecho este espacio para contar la mía.

Durante toda mi niñez y adolescencia he tenido cobertura de medicina privada, casi siempre de las “mejores”, abonada con gran sacrificio por mis padres, que siempre le enseñaron a sus hijos que esa cuota debe estar al día siempre. Durante mi juventud disfruté de los beneficios de las obras sociales sindicales, pero lo cierto es que era tanto el trajín que terminaba siempre abonando cualquier tipo de consulta médica o estudio menor por privado. “No le doy de baja por cualquier emergencia”, decía. Esa “emergencia” es internarse. No vaya a ser que uno tenga que “caer” en un hospital público, y menos que menos que menos en el Hospital Central. Ese elefante color cemento que se erige en pleno Centro rodeado de paradas de colectivos interminables y calles que parecen ir en todas las direcciones.

Pero Dios se ríe cuando uno le cuenta sus planes y el momento de la emergencia médica sin ningún tipo de cobertura médica llegó hace tan sólo unos días atrás. Hay que ir al Central. Sábado a la tarde. 38°C a la sombra. Llegó la hora de dejar de rodear al elefante para ingresar por primera vez a él, pese a que sus puertas siempre estuvieron abiertas. 

Los siguientes 20 días fueron un cachetazo de realidad, de vergüenza propia y algo de culpa. 

En la guardia éramos siete personas, cada uno con un acompañante, algo diferente al mar de gente que me había imaginado. La mayoría por temas traumatológicos. Una caída en una moto, dos malos pases en el fútbol de la tarde y algunos casos similares. 

Hace casi 10 años que paseo por casi todos los hospitales y clínicas privadas de la provincia de Mendoza, y en una guardia no he estado menos de 3 a 5 horas esperando que algún médico me atienda. 

A la hora salió una médica a pedir disculpas a todos por la demora, había llegado un turista en helicóptero, quien se había accidentado en moto paseando por alta montaña y estaba malherido, nos explicaron. Era la primera vez que veía una situación así. La de disculpas con explicación, digo. 

Previo a ello me hicieron pasar por un triage para evaluar la gravedad del asunto y darme una primera atención. Tampoco lo vi ni experimenté nunca. 

Una vez que me chequearon los médicos traumatólogos me indicaron estudios. “Acá vamos”, pensé. En menos de 15 minutos ya me había hecho uno de sangre y una radiografía. Todo el personal de seguridad del hospital preguntando a dónde quería ir, qué necesitaba y aclarándome a dónde quedaba el lugar donde debía dirigirme. Todo con una amabilidad pocas veces vista. 

Volví a la guardia con mis estudios, a los pocos minutos me llamaron los médicos. “Suerte de principiante”, dije, mientras me explicaban que por la gravedad de mi caso debía quedarme internada y probablemente pasar las Fiestas allí. Se acabó la suerte. 

Al pasar por Enfermería y quedarme ahí mientras esperaba que me llevaran a mi correspondiente habitación a mi lado estaba el turista accidentado. El tiempo que estuve, cuatro diferentes enfermeros le preguntaron cómo se sentía. “Bien, solo cansado”, decía en un español rudimentario. Al poco tiempo alguien le entregó en una bolsa sellada su celular, y le recomendó llamar a amigos o familiares. El turista entendió y lo hizo. Posteriormente, un joven traumatólogo en perfecto inglés, el idioma universal, le dijo, bastante más amablemente que como lo voy a expresar a continuación: “Vamos a llevarte a tu habitación, estás en el mejor hospital de la región y vamos a atenderte bien, pero necesitamos que cuando estés más tranquilo averigues el tema de tu seguro médico correspondiente. No es necesario ya, pero por favor tenlo en cuenta”. “Epa, acá cambiaron un par de cosas”, pensé. 

Llegó el momento de subir a mi habitación, donde pasaría las siguientes semanas. La enfermera me saludaba mientras hacía mi cama, me tocó estar sola, mi cuidador había ido a buscar mis cosas personales. “No hay botón para llamar a Enfermería”, le dije. “Sólo llamame”, me contestó. A los minutos entendí que el botón no hacía falta, había más enfermeros por habitación de las que alguna vez había visto, que era de hecho la correcta. No había necesidad de mandar un familiar o amigo “a buscar a la enfermera”, porque siempre estaba cerca. De hecho no precisé llamar a nadie en casi los 20 días que estuve internada. Estaban ahí, predispuestos, amables, humanos.

Llegó el día del quirófano. Mis experiencias han sido malas en ese sentido. Arribar al lugar más frío de cualquier hospital, en todo sentido. Muchas veces me he largado a llorar, ya sea por efecto de la anestesia o nervios, y alrededor mío no hacían más que mirarme a que me empezara a dar sueño para poder comenzar a trabajar. Es entendible, iba a quirófano, no a terapia psicológica. Pero uno entra mirando el techo, las luces de tubo tiritando como uno y confiando tu vida a seres que tal vez no vuelvas a ver nunca.

Pero esto fue diferente. “¿Cómo es tu nombre? ¿Cómo te dicen? ¿Sabés por qué estás acá? ¿Sabés lo que va a pasar? ¿Tenés alguna pregunta? Yo me llamo tal”. El quirófano no era frío ni lúgubre, no había ningún equipo viejo ni vetusto, y no había menos de 15 personas, todos muy jóvenes, atentos a lo que tenía para decir y listos para lo que había que hacer. Había música. Tenue, pero la escuchaba. “Pongan Lana Del Rey, dije mientras la anestesia empezaba a hacer de las suyas. El inconsciente musical estaba desinhibido. “Al menos tiene buen gusto”, escuché opinar a alguien a lo lejos mientras me reía y caía anestesiada. Si toda esta experiencia es un sueño, no me despierten.

La recuperación tardó días, y nunca no me sorprendí de nada de lo que viví en el Hospital Central. Jamás vi una computadora ni un sólo papel, pero absolutamente todos sabían todo el tiempo lo que había que hacer. Desde el guardia de seguridad, hasta el más jerárquico de los médicos. 

Pocas veces vi personal de salud de más de 50 años. Por momentos me sentía en una película de de M. Night Shyamalan. Viejos experimentados en cuerpos de jóvenes. Casi todos parecían los chicos más prodigios de su clase de secundaria, pero que evidentemente luego fueron los jóvenes más prodigios de la universidad y que después fueron lo suficientemente excelentes profesionales para poder trabajar en el Hospital Central. 

Nunca vi a una habitación limpiarse tantas veces. Cinco fue el récord que pude contar un día. 

Nunca comí tan bien como en el Hospital Central. Ni en mi propia casa. Me daba culpa recibir esa bandeja sin dejar un solo centavo. La Nochebuena nos sorprendió a los internados con pizza y empanadas. Sin sal, y de verdura. Pero qué manjar. Una enfermera me contrabandeó un turrón de postre. Siempre agradecida.

Por la ventana vi al menos cuatro aterrizajes de helicóptero en el helipuerto trayendo personas que solamente podían atenderse allí. Todos sabían cuándo llegaba, desde los bomberos hasta enfermeros. ¿Cuántos helicópteros descienden allí sin que pueda verlo desde la ventana de mi habitación? ¿Cuántas vidas se salvan y se cuidan en este lugar? ¿Por qué siento que, como yo, hay muchos que no lo saben?

En fin, cualquier concepto, preconcepto, mínimo juicio y prejuicio que podía tener sobre el Hospital Central quedó totalmente aplastado y sin posibilidad de segundo round por ese enorme elefante gris que se erige en calle Alem de la Ciudad de Mendoza. No hay ningún nosocomio público o privado en la región que se parezca a este. Si ya tiene la mejor medicina, hay que sumarle todo el resto. 

Muchos creen que por “mileísta” o “liberal” (no soy ninguna de las dos cosas) hago mal en ensalzar un servicio público. Falso. Estar a favor de que los fondos para mantener estas asistencias esenciales lleguen a donde tienen que llegar sin manos negras en el medio no es querer que no haya salud pública. Todo lo contrario. 

Con esta experiencia mi intención no es hacer colapsar el sistema público por parte de los que aún pueden tener el lujo de una obra social o abonar una prepaga, sino para que sepan que el Hospital Central no es lo que era hace 30 años o menos. Sus impuestos están yendo a donde tienen que llegar y más. Lo vi yo en vivo, en persona. Es un valor, una joya, un orgullo mendocino con más humildad que el vino, y que nos tiene que hacer inflar el pecho de igual forma.

Por supuesto no todo es color de rosas, aunque se le acerque bastante. El régimen de visitas y de entrada es de lo más rígido e intransigente que he visto. Pero es un régimen del que nos beneficiamos todos. No hay más épocas de reposeras playeras en las habitaciones, parlantes, cajas de pizza, bolsones, 10 familiares rodeando una cama, hechos de inseguridad o gente durmiendo en los pasillos. La seguridad del hospital lidia con los amigos del preso que acaba de ingresar y hasta con la señora que quiere entrar una Cajita Feliz para la cena del “nene”. La seguridad batalla con TODO, todo el tiempo. 

Tal vez sea en los servicios tercerizados, como seguridad o limpieza, donde la exigencia pareciera exceder al premio. Ojalá esta columna sirva para mejorar su situación. 

El verano no es agradable para quien está internado en el Hospital Central. Los ventiladores están prohibidos por recomendación de la OMS post pandemia y de a poco se van colocando aires acondicionados que no sólo enfrían el aire, sino que lo renueva. Aspiro a que sea rápido. Estufa hay hasta en el baño, pero se ve que los calores de ahora no son los de antes, decía mi abuela. 

Y es de público conocimiento de que tanto médicos como enfermeros estarían cobrando poco así tuvieran un salario de 100 mil dólares por mes. Nada es suficiente para gente que se motiva puramente por vocación, humanidad, profesionalismo y empatía. Y que encima salva vidas. Pero cualquier recompensa, gratificación y retribución por su trabajo es siempre más que bienvenido.

De mi parte, por ahora sólo puedo decir gracias.

Podes ver la nota completa en: https://mendozatoday.com.ar/2026/01/11/hospital-central-de-mendoza/

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